The Bling Ring sea la película más ensimismada de Sofia Coppola. Y lo es porque, aunque a través de su cine ya conocíamos su pasión por filmar a personas fascinadas por objetos, aquí se abandona por completo a esa relación de amor entre sus personajes y el lujo material.
La elección del argumento, aquella rocambolesca historia de los adolescentes que se colaban en las casas de los famosos, es sólo el pretexto para poder filmar una y otra vez los mismos gestos, las mismas miradas obsesivas. A los adolescentes no les importa tanto llevar puesto un collar como mirarlo, tocarlo, poseerlo. Y a Sofia sólo le interesa contemplar esa mirada, recrearla y trazar una ruta hacia sus orígenes.
Pero The Bling Ring no es un tropiezo. La excentricidad y el amor por el riesgo han hecho de la carrera de Coppola un paseo fascinante, aún cuando en ocasiones esa mirada resulte en exceso superficial. La película podría estar filmada como si se tratase de un sueño inconfesable, el pensamiento destructivo como reacción ante un mundo materialista. De hecho a veces, mientras Coppola filma a Emma Watson, parece estar hablando de sí misma.
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